sábado, 4 de marzo de 2017

La certeza de Pablo Aguado en Olivenza


No había sucedido gran cosa desde que empezó la temporada taurina a finales de enero en Ajalvir; si acaso, una buena novillada de Gómez de Morales en Valdemorillo y la Puerta Grande de David Mora en Vistalegre. La incertidumbre es un elemento fundamental en cualquier tarde de toros. Hablo de la sensación de acudir a la plaza sin ninguna certeza, sin saber lo que va a ocurrir. Esa inquietud, esa falta de conocimientos seguros, ha ido disminuyendo paulatinamente a causa de la previsibilidad del comportamiento del toro -cada vez se cría un animal más perfecto y pronosticable- y a la uniformidad de las faenas. Venturosamente, la incertidumbre reapareció en Olivenza.

En primer lugar, por el asunto meteorológico: después de una mañana de viernes metida en agua y viento, nadie podía asegurar a ciencia cierta si la novillada de la tarde se celebraría. Al final, tras el ritual de los hombres de plata estudiando el cielo mientras ayudaban a liar los capotes de paseo, el paseíllo arrancó con treinta minutos de retraso; pero arrancó, con los novilleros y sus cuadrillas desfilando sobre la arena encharcada al compás de "Manolete". 

El segundo factor de incertidumbre era el propio cartel de la tarde: un novillero siempre está por descubrir, y más a comienzos de temporada, al cabo de la preparación del invierno. Olivenza ha tenido el acierto de programar dos novilladas en su ciclo, ejemplo que deberían seguir muchas otras plazas que, por el contrario, han optado por tacañear oportunidades a los que empiezan.

Y de tanta incertidumbre, surgieron dos sorpresas: la faena de Pablo Aguado al cuarto novillo de El Parralejo y la de Toñete al tercero. La del sevillano marcó la diferencia por su clase y buen gusto. Los naturales con el compás cerrado tenían torería; precioso un cambio de mano, rotundo con los pases de pecho y grácil con las chicuelinas para dejar al novillo en suerte. Aguado posee un concepto clásico de la tauromaquia que no pasa de moda. Ahí puede haber un torero, y antes, una temporada más que apetecible hasta que tome una alternativa que ya va reclamando en la plaza. Un pinchazo y una estocada dejaron el premio final en una oreja de las que se recuerdan.

En unos años, no muchos, las actuales figuras del escalafón se irán retirando: Ponce, Morante, Juli y compañía no son eternos. Y de la cómoda certidumbre de las faenas que llevan repitiéndose temporada tras temporada, vamos a caer en el desasosiego de un escalafón desierto. Por eso, hay que darles sitio, tiempo y oportunidad a los nuevos toreros, hay que verlos, hay que seguirlos. Como aquí, en Olivenza, donde se basculó de la lluvia a mares al sol de final de la tarde. De la duda a la certeza de querer volver a ver torear a Pablo Aguado con un novillo más serio. Será en Madrid, el 26 de marzo, con Fuente Ymbros.

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