viernes, 23 de enero de 2015

Lenin y Belmonte

En la céntrica plaza del Molard, de Ginebra, se puede entrar si se quiere por un pasadizo ojival en la base de una torre. La torre tiene en lo alto, a uno de sus lados, un reloj y en otro, un bajorrelieve en la línea expresionista y heroica de los años 30. El bajorrelieve representa a una matrona alegórica con el escudo del cantón bajo un brazo, la cual, bajo el lema Genève, cité de refuge, tiende el otro brazo hacia un señor reclinado, calvo y de barba puntiaguda, que si no es Lenin se le parece mucho. Si el personaje figurado en el bajorrelieve fuera en efecto Lenin, la cosa no tendría nada de particular, pues Lenin gozó en Ginebra de la condición de refugiado político. El ambiente de los estudiantes y refugiados y conspiradores rusos en torno a la Universidad lo describió por cierto maravillosa y románticamente Baroja en La vida es ansí. En ese barrio, entre el Conservatorio y los jardines de la Universidad, existe aún, aunque reformado últimamente, el antiguo Café Landolt, donde paraba Lenin, y en él se conserva, colgada de la pared, entre cuadros de estudiantes de uniforme en duelos de esgrima, la tapa ahumada y barnizada de una mesa en la que Lenin grabó su nombre con una navaja.
 
 
En Higuera de la Sierra, provincia de Huelva, hubo una taberna en la que comió Juan Belmonte cuando era novillero, y en ella se conservaba también la mesa en que, después de comer, dejó el torero su nombre grabado con una navaja. Cuando yo tuve noticia de ello, hace ya muchos años, ya no existía ni la mesa ni la taberna, y es que los españoles somos bastante menos conservadores que los suizos.
 
 
Si se piensa que Belmonte tomó la alternativa allá por el año 13, nada de particular tiene que su ocurrencia y la de Lenin fueran rigurosamente contemporáneas. Tal vez el mismo día del mismo año, quién sabe si a la misma hora, dos hombres que no sabían nada del otro y de quienes el mundo sabía aún muy poco más, hacían la misma operación, uno en la cosmopolita ciudad de Ginebra, otro en el corchotaponero pueblo de Higuera de la Sierra. Un revolucionario fracasado y un novillero introvertido hacían de aquella manera tosca un acto de fe en su destino respectivo; se entretenían silenciosos, entre el humo y las palabras de la sobremesa, en grabar en una mesa de taberna unos oscuros nombres que ellos sabían ya inscritos en los astros.
 
Ginebra e Higuera de la Sierra
 
Cuando don Fernando de los Ríos fue a Rusia después de la Revolución, a ver a Lenin, en lugar de perder el tiempo hablándole de la libertad, debía haberle hablado de Juan Belmonte.
 
Aquilino Duque (Ginebra, agosto de 1981)

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