jueves, 23 de mayo de 2013

Moustaki, con su cara de forastero, de judío errante, de patriarca griego


Georges Moustaki, Edith Piaf
y el secretario personal de ésta, Ginou Richer

Ha fallecido Georges Moustaki, compositor de la canción Milord (1959) que catapultó internacionalmente a Edith Piaf. La letra describe el encuentro entre una prostituta y un hombre rico que, dolido tras un desengaño amoroso, busca consuelo en un cabaret del puerto.

Allez, venez, Milord!
Vous asseoir à ma table;
Il fait si froid, dehors,
Ici c'est confortable.
Laissez-vous faire, Milord
Et prenez bien vos aises,
Vos peines sur mon coeur
Et vos pieds sur une chaise
Je vous connais, Milord,
Vous n'm'avez jamais vue
Je ne suis qu'une fille du port,
Qu'une ombre de la rue...


En una entrevista publicada en 2007, el propio Moustaki narraba la presentación de Milord durante un recital en el Carnegie Hall, una de las salas de conciertos más prestigiosas de Manhattan:

La primera vez que triunfó en Estados Unidos fue en el Carnegie Hall. Hasta entonces, siempre se la había considerado una cantante de segunda […] Después del recital en el Waldorf, Marlene Dietrich la felicitó. No existía nadie más que ella, Nueva York estaba a sus pies. Milord contribuyó a ese éxito. Era una canción que había dejado después de hacer el borrador, hasta un día en que encontré la hoja garabateada al lado de la máquina de escribir que ella me había regalado y la retomé. Cuando escribí la palabra fin, me encontré a Edith sentada en una silla detrás de la puerta de la habitación. Estaba esperando a que terminara el texto (Marguerite Monnot debía componer la música). Yo tenía apenas 24 años y, después de un año viviendo con ella, arrastraba la imagen de un gigoló arribista. Edith convocó a la prensa en Maxim's para presentarme como el autor de Milord [...] Ella dice: "Voy a grabar la canción de un gran gilipollas" y entona Milord.

Edith Piaf y Georges Moustaki en la playa de Deauville (1958)

Moustaki y Piaf se habían conocido un año antes, en París:
Tenía 23 años cuando me encontré con la Piaf […] En aquel entonces, yo daba mis primeros pasos en el escenario de La Colombe y de otros cabarés de la orilla izquierda. Si bien había escrito algunas canciones inspiradas por la Piaf, no había intentado ponerme en contacto con ella para enseñárselas. Había bastante gente que podía impedírmelo y yo tenía tiempo de sobra para hacerlo […] El apartamento de Edith, al que había llevado consigo un piano de cola, no era oscuro, sino amplio, desnudo y luminoso. Estaba situado en el bajo, con grandes ventanales hasta el suelo que se abrían a un pequeño jardín. En cuanto llegamos, Crolla [en referencia al guitarrista Henri Crolla] me elogió ante la Piaf. Ella quiso escucharme inmediatamente […] Yo no estaba afeitado -Crolla me había recogido nada más despertarme- ni preparado para cantar. Cumplí sin ganas y muy intimidado por ella y por todo su círculo de cortesanos (secretarios, autores, compositores, amigos y gorrones). Colé en medio de mis canciones Le gitan et la fille, que había escrito pensando en ella. La destrocé completamente. Me encontró lamentable, con toda la razón, y seguramente muy conmovedor al mismo tiempo. No hubo flechazo, pero sí una complicidad inmediata. Enseguida se mostró conmigo a la vez benévola y burlona. Dijo: "Tengo la impresión de que no me conoces muy bien. Ven esta tarde a escucharme en el Olympia... ¡Si es que sabes dónde está!".

[…] A los dos días, después del espectáculo y de la cena, nos quedamos solos, Edith y yo, en su casa del bulevar Lannes. Me propuso un café, una copa o un baño caliente. Opté por el baño. Esto la divirtió. Luego, como era muy tarde, murmuró: "Deberíamos irnos a dormir" […] Una noche la desperté hacia las cuatro de la madrugada para hacerle escuchar una canción que acababa de terminar, T'es beau, tu sais. Saltó de la cama para escucharla. Es poco decir que la canción era su vida. En casa era una buena mujer, pequeña y un poco encorvada, de salud precaria. Cuando cantaba era hermosa, deslumbrante y risueña. La he visto llegar radiante al Olympia para una sesión matinal cuando tres horas antes estaba enferma de muerte.

[…] Su dependencia del alcohol fue el motivo de nuestros problemas. Cuando nos volvimos a encontrar, se hizo la promesa de dejar de beber para merecerme. Comprendí muy tarde que bebía cerveza a escondidas en el cuarto de baño. Salía de allí roja como la grana, con exceso de energía y agresiva. Yo pensaba ingenuamente que lo de los cambios de humor era algo innato en ella […] Pasé un año tan apasionante como doloroso con esta mujer a la vez autoritaria y sumisa, femenina y cortante. Acabé por dejarla.
Con los años, Moustaki compondría una de sus canciones más hermosas: Le Métèque (1969).

Avec ma gueule de métèque
De Juif errant, de pâtre grec
De voleur et de vagabond
Avec ma peau qui s'est frottée
Au soleil de tous les étés
Et tout ce qui portait jupon
Avec mon cœur qui a su faire
Souffrir autant qu'il a souffert
Sans pour cela faire d'histoires
Avec mon âme qui n'a plus
La moindre chance de salut
Pour éviter le purgatoir.


Crónica del 22 de mayo: "No queda sino batirse"

"En aquellos tiempos, la capital de las Españas era un lugar donde la vida había que buscársela a salto de mata, en una esquina, entre el brillo de dos aceros"
(El Capitán Alatriste - Arturo Pérez-Reverte)


Fandiño salió ayer al ruedo de Las Ventas a dentellada limpia. Como aquellos viejos soldados de nuestros tercios de Flandes, con la espada ropera y la vizcaína siempre a mano. Y es que en Madrid, parafraseando a Quevedo en la novela de Pérez-Reverte, no queda sino batirse. Vino, pues, el de Orduña, hecho un jabato, a puro güevo, y sin ponerse bonito. Ni falta que le hacía. Toreó de verdad, desbocado a veces, irreflexivo (los estatuarios quizás no fueran el mejor pase para fijar la embestida en el comienzo de faena), temperamental y ligado. Mató por arriba a costa de jugarse la vida. Cuando estaba igualando al toro, un listo le gritó desde el tendido que se le iba sin torear. Cosas de Madrid. El parte de guerra fue una cornada de 25 centímetros que lo va a dejar un mes apartado del frente. Ni con el muslo derecho abierto quiso irse a la enfermería hasta no ver doblar al de Parladé. Luchó como una fiera en brazos de los hombres de su cuadrilla para que lo dejaran en el ruedo. Un guerrero.
 
 
¿Y con qué toro se enfrentó Fandiño a cara de perro en las trincheras venteñas? Paradójicamente, se llamaba Grosella, pero de dulce o mermelada tuvo poco. Era un Parladé encastado, que galopaba como un torbellino, algo alocado y que iba con la cara suelta. No apretó en el caballo -Fandiño lo dejo crudito- y se dolió en banderillas, por tanto, no fue bravo, pero sí emocionante y fiero, con peligro por el pitón izquierdo.
 
 
El resto de la corrida resultó espesa. Al lado del Cid y Luque, cualquier torero parece la reencarnación de Belmonte. Cielos, qué sopor. Cuánta vulgaridad. Son una cruz a cuestas. El cuarto Parladé, de nombre Bonito, sí que fue para sacarlo en los postres, y no Grosella. Manuel Jesús -quién lo ha visto y quién lo ve- anduvo pegándole cucharada va y cucharada viene y la faena acabó por empacharnos.
 
 
Y hoy ya vuelven los del pañuelo asomando por el bolsillo de la chaqueta hablando de pellizco y el tarro de las esencias. Personalmente, prefiero los tercios de Flandes.

El siempre puntero @Dominguillos publica en Twitter
esta imagen con el siguiente mensaje:
"Hace muchos años que Antonio Machado
escribió acerca del tipo que gritó: -Se va sin torear".
 

martes, 21 de mayo de 2013

Sobre Pedraza de Yeltes: las debilidades y pasiones de cada aficionado son inexpugnables

Un refrán dice que el campo envejece, empobrece y embrutece. Tener una ganadería brava también. No es ésta profesión para hombres que se afligen con los caprichos del devenir. Estoicismo, voluntad, perseveracia, paciencia, grandes dósis de realismo y, por supuesto, romanticismo son cualidades indispensables de todo buen ganadero. ¿Los hombres de Pedraza de Yeltes poseen estas condiciones? Se sabrá mañana, cuando tengan que regresar a ese campo que los curte con dureza, pero me consta que son tenaces. Y, desde luego, bravos.


A Las Ventas vinieron con una corrida de toros, cuatreña y lustrosa. Seleccionaron con esmero ocho ejemplares, todos hijos de vacas y sementales que presagiaban lo mejor. Incluso amaneció despejado, con ese cielo plácido que sólo posee Madrid. Luego, la suerte, las circunstancias, un desafortunado golpe contra un burladero, quién sabe si algo más, quizás algún hábito en el manejo diario, chafaron sus deseos. Los suyos, los de los toreros y los del aficionado, que anhelaba -que anhelábamos- que aquellos dijes embistieran sin descanso. Pedraza ha sido durante este invierno como la Ítaca de un guerrero veterano que sueña con volver. Con encontrar su refugio a orillas del Yeltes. Hacen falta ganaderías así: jóvenes, bravas, románticas que, en definitiva, ilusionen. Fuimos muchos los que apostamos por ella en Madrid y, estas jugadas, ya se sabe, sólo tienen dos desenlaces posibles: ganar o perder.


Algún día, Pedraza regresará a Las Ventas y podrá solicitar su revancha. Hasta entonces, hay que continuar en el frente de batalla. Y los aficionados cabales, seguir siendo fieles. Por ello, en esta ocasión, pido disculpas por mi falta de objetividad y, sobre todo, por no escribir esto dentro de unas horas, con la mente fría. Es una faena hecha al calor -y al disgusto- del momento. No pretendo ser imparcial con esta ganadería. Las debilidades y pasiones de cada aficionado son inexpugnables. A menudo, incluso, incomprensibles.


Por supuesto, el reconocimiento y respeto para los tres matadores que han hecho el paseíllo este martes. Sobre todo a David Mora, que se ha jugado la vida con hombría ante el sexto y no ha dudado en salir a cuerpo limpio del burladero para hacerle el quite a un compañero de cuadrilla. Eso también es el toreo.


Por hoy, aficionados, toreros y hombres de Pedraza, apaguemos la luz y dejemos de pensar en lo que fue y debió haber sido. Lo será en otra ocasión. El campo envejece, pero también premia a los perseverantes.

La historia de una moza despechada en el Valle del Terror

"Mira que yo bordaré
sábanas para los dos".
 
Joaquín Agrasot

El Tiemblo es, como todos los aficionados a los toros saben, además de un pueblo de la provincia de Ávila, una de las estaciones de penitencia del Valle del Terror. O al menos lo era, antes de que la Fiesta se dulcificara como los merengues de una sofisticada confitería. En esta localidad se desarrollaban unos tientos compuestos por los hermanos Marcos y Rafael Jaén García, y grabados por Marifé de Triana en 1964.
 
 
En esta copla, una mocita casadera espera a la buhonera que viene desde Ávila con el ajuar para su boda. Explica el diccionario de la Real Academia que un buhonero proviene de la palabra buhón, que procede a su vez de la onomatopeya buff: "expresiva de la palabrería del buhonero para ensalzar su mercancía". Por tanto, un buhonero es lo que hoy conocemos como un vendedor ambulante.   

Lucas Robiquet

El pregón del pregonero
dice que la buhonera
trae las cosas que yo quiero.
Viene de Ávila cantando
entre sierras y pinares
porque lleva en las alforjas
de mi boda los ajuares.

Cantan las alondras
de mi corazón
en cuanto resuena
en el pueblo el pregón.
Ya llegó la buhonera
con su alegre mercancía,
canta Rosa la del Tiemblo.

Compra que hoy es un gran día,
todo le florece, los ojos, la boca,
pensando que pronto me voy a casar.
Y su nombre bordó
con hilo de besos, con hilo de besos,
en todo mi ajuar.

El mocito que adoraba,
me dejó esta primavera,
moza que perdió su novio
no tendrá ya quién la quiera.
Por eso me aúlla
un mal lobo ladrón
en cuanto resuena
en El Tiemblo el pregón.

Ya llegó la buhonera
con su alegre mercancía.
Llora Rosa la del Tiemblo
tú no tienes alegría.

Marchitó mi boca cual flor en invierno,
la escarcha del campo
secó mi canción,
se apagó el lucero
que ardía en mis ojos
bordando aquel nombre de mi perdición.
Cierre madre,
el portón y la cancela,
moza que perdió su novio
no tendrá ya quién la quiera.
 
Jacques Barcat
 
La letra de estos tientos guarda cierta semejanza con una emocionante copla que popularizó el cantaor de Utrera Enrique Montoya. Aquella Rosa la del Tiemblo terminará siendo una "señorita", al igual que la lorquiana doña Rosita la soltera...
 
 
Lleva ya casi un siglo
con un nombre en la boca,
y jamás lo pronuncia
delante de la gente.
Es el nombre de un hombre
que bordó como loca
en sábanas de hilo,
desesperadamente.
Cuando llega la noche
su pesar desemboca
en canción sin palabras,
amarilla y doliente.
Y en el mar del espejo
su sonrisa retoca
por si acaso aquel hombre
volviera de repente.
Señorita,
la llaman el juez y el escribano,
que conocen sus años
y su pena infinita.
Señorita,
el muchacho, el niño y el anciano,
cuando vuelve del rezo
o sale de visita.
Y al mirar sin anillo
la nieve de su mano,
el pueblo soberano
la llama señorita,
señorita, señorita, señorita.

Señorita,
le dice la gente maliciosa,
al notar su pintura,
apagada y marchita.
Señorita, el cartero
al verla ruborosa
preguntar por la carta
que tanto necesita.
Y ella misma al mirarse
tan sola y ojerosa,
con rabia dolorosa,
se llama señorita,
señorita, señorita, señorita.
 

domingo, 19 de mayo de 2013

Crónica del 19 de mayo: "De gris plomo a azul Sorolla"


- Que es una nube na´más, joder.
- Gilipollas: y tú decías que cuarenta por ciento de probabilidad de lluvia.
- Esto es hielo pal´cubata.
- Tendríamos que haber comprado los ponchos en un chino.
- ¡Compadre, compadre, vamos dentro que esto va a más!


Y mientras, en el ruedo cuajado de granizo, bajo un cielo roto en dos, Diego Silveti toreaba. La gente no le miraba. No podía. Quizás por eso le pidieron la injustificada oreja porque, entre que se ponían a cubierto y sorteaban pedazos de hielo, no se enteraron de nada.


La mejor faena de la tarde estaba aún por llegar. Fue en el cuarto, un remiendo de Carmen Segovia que sorteó Juan Bautista. Trasteo de más a menos, con un arranque por doblones, bordando pases por bajo hasta llevar al toro a los medios. Le sienta bien al francés dejar colgado en el armario del hotel el vestido gris plomo y oro. El azul de este domingo relucía como el agua turquesa de un cuadro de Sorolla. Después de tantas tardes de vulgaridad, varias miles de almas respiramos aliviadas con la clase de Bautista que, por supuesto, se afligió al final. Cuando su toro dobló, tras una gran estocada, el granizo ya se había derretido en el ruedo y una luz ambarina comenzaba a resbalar por las andanadas. Oreja de torería y naturalidad. Serena, como el atardecer posterior a la tormenta.

 
Tocó pelo también Juan del Álamo en el quinto, al que, oportunamente, hizo galopar tras darle sitio. Otro premio, como el de Silveti, excesivamente generoso. La exigencia de Las Ventas se disuelve con el agua de mayo. Los hombres de campo bien saben que las fieras se amansan con la lluvia. Lo más destacado de Del Álamo, excesivamente brusco en la muleta, llegó con el capote, que manejó con gusto, suavidad y ajuste. Unido al remiendo de Carmen Segovia, sorteó, sin duda, el mejor lote de Fermín Bohórquez: dos toros con el sello de Murube, segundo y quinto, de  enorme clase y franca embestida.

 
Fue la mejor tarde de lo que llevamos de feria. El toro, como el tiempo en primavera, siempre guarda una sorpresa. De gris plomo a azul Sorolla.

 

sábado, 18 de mayo de 2013

Crónica del 18 de mayo: "Unos se fueron sin merendar, otros sin torear"

- Me voy sin merendar del disgusto que llevo. ¡Sin merendar! Y los flamenquines fríos.


Exterior de Las Ventas. Nueve y cuarto de la noche. Un señor que porta una nevera de camping color azul sube las escaleras hacia el paso de peatones. Dentro de la plaza, varias docenas de almohadillas reposan sobre el albero. La encerrona de Talavante ha terminado. Afortunadamente, ha sido breve.
 
 
No se produjo un solo quite. Los toros se pusieron ante el caballo de mala gana. Se picó mucho y mal. En las seis faenas de muleta no hubo un ápice de pasión. Frío. Frío el ambiente y gélido el torero. Estocadas atravesadas y caídas. Silencio, silencio, ovación, silencio, silencio y pitos. Un sainete insalvable. Sin corazón no se torea.
 
 
Sobre los toros, una ganadería de la categoría de Victorino Martín tiene que aspirar a más. Es una obligación. No hubo bravos ni alimañas. Preocupa la deriva que está tomando la divisa extremeña. Sin embargo, tampoco mereció una lidia tan mediocre ni seis tercios de varas desmedidos. Hubo toros para cortar una oreja.
 
 
Talavante aún está esperando una alineación inter-planetaria para ponerse a torear. Siempre se le podrá echar la culpa al viento.

viernes, 17 de mayo de 2013

Crónica del 16 de mayo: "Mi torero lleva chándal"


Alrededor de las seis, tomaba café en un bar aledaño a Las Ventas. Diez minutos después, entró un amigo, casi en tromba, me dijo: "-Suelta el café" y, presintiendo el desarrollo de los acontecimientos, pidió dos gin tonics. Yo, que nunca bebo pelotazos, obedecí de inmediato, en parte por respeto, y en parte también porque sabía que me iba a hacer falta. Tras semejante merienda, media hora más tarde estaba subiendo a mi grada con la tranquilidad que da la anestesia. Los recuerdos de la corrida son, pues, imprecisos.
 
 
Tan sólo un rosario de juampedros, algunos con hechuras de raspa de pescado, a cual más soso. También recuerdo que, en el tendido 6, casi acaban a tortazo limpio un morantista y un manzanarista. Poco después del minuto de silencio dedicado a Joselito, aún llegan a mis oídos gritos de "Morante, chorizo" y "Manzanares, gamberro". Creo que el confirmante del jueves, Jiménez Fortes, hizo lo que pudo en mitad de aquel ambiente tormentoso y se arrimó mucho. Luego, decidió brindar el sexto juampedro a sus "maestros" y, un aficionado sentado a pocos metros, sentenció con aire de fatalidad: "Si le ha brindado el toro a Morante, no hay nada que hacer". Ah, un quite a Trujillo y frío. Recuerdo que hacía un frío que pelaba.
 
 
Por la noche, llegué a casa y leí varias declaraciones que me despistaron todavía más. Al parecer, Juan Pedro junior solicitó en el Plus "cariño y tiempo" para sus toros. Aquello me sonó a bolero de Los Panchos. Luego, en Burladero, José Mari dijo que había estado disfrutando y que, cuando los toreros disfrutan, eso se transmite. Morante también soltó en ABC que, "a pesar de la división", había disfrutado mucho. ¡Arsa! Alegría pal´cuerpo y que nos quiten lo cobrado.
 
 
Y, para rematar la torrija, me rondaba la idea de que, por la mañana, antes del festejo, Morante se había paseado por Las Ventas con un chándal del Real Madrid. Sobre este episodio, sé que un rapsoda anda dándole vueltas a un proyecto de pasodoble que tendrá por título "Mi torero lleva chándal".
 
Cuando las excavadoras quitan
montones de arena gris,
 mientras Morante sueña
 verónicas de alelí,
enseñado la patita
con un chandita cañí,
 voces de coña sonaron
cerca del Guadalquivir.
 José Antonio de la Puebla
moreno de verde cuna,
 se estira el gemelo varonil:
 ¿Quién te ha puesto ese chandita
lejos del Guadalquivir?

jueves, 16 de mayo de 2013

¿Qué habría sido del poema de Lorca si los toros, en vez de a las cinco de la tarde, hubieran empezado a las cinco y veinticinco?


Voy tarde. Lo sé. El festejo de Las Ventas terminó hace más de doce horas y escribo sobre él en este momento.  Sin embargo, bien mirado, ¿quién se preocupa por la puntualidad? ¿No arrancó ayer la corrida veinticinco minutos tarde por culpa de los operarios Taurodélticos que se pusieron a jugar con palas, rastrillos y cubitos a las siete en punto de la tarde? ¿Qué habría sido del poema de Lorca si los toros, en vez de a las cinco de la tarde, hubieran empezado a las cinco y veinticinco?
 
Comenzaron los sones de bordón
a las cinco y veinticinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y humo
a las cinco y veinticinco de la tarde.

 
Pero, como bien dice don Antonio Burgos, en este país nunca passssssa nada. Y allí nos tuvieron, igual que a unos lelos: más de veinte mil espectadores contemplando como diez tíos trabajaban. ¿No es eso España? La corrida de toros, siempre fiel reflejo de la realidad social, espejo de nuestras miserias. También de nuestra gloria, cuando la hubo.

 
¿Qué contar sobre el festejo a esta hora tardía, cuando ya está todo dicho? Que me gustó la corrida de Alcurrucén, sobre todo el lote de Perera (tercero y quinto), con un toro, de nombre "Peladito", encastado, con emoción, de embestida cambiante y que hubiera puesto a correr a unos pocos. El colorado "Ambicioso" también nos tuvo con los ojos bien abiertos, a pesar de que las manecillas del reloj rozaban las nueve y media. El sexto, "Herrerito", apretó en el caballo y le dieron una buena tunda. Otro toro bueno. El primero, "Pandero", fue una pera en dulce, un derroche de nobleza, ideal para un confirmante que no está bregado en las trincheras venteñas. El cuarto, "Altamares", probablemente habría sido diferente si Castella no le hubiera recortado tanto las embestidas de salida. Sólo "Pianero", lidiado en segundo lugar, fue un toro soso que se agarró pronto al piso. En conjunto, una corrida entretenida, muy en Núñez, con un lote para armar el taco; eso sí, desigual de presentación, con algunos toros rozando el límite de lo admisible en Las Ventas.


Perera luchando con "Peladito"

¿Y sobre los toreros qué señalar? Que no me convenció ninguno. No niego que Perera mereciera la oreja del tercero: anduvo firme -no era un toro de carril- y mató bien. Pero sorteó un lote de lío gordo y, si con eso no abre la Puerta Grande, los de Taurodelta deberían ordenarle a sus operarios que la tapien. El extremeño, a ratos, estuvo vulgar, perfilero y al hilo del pitón, sin mando, sólo acompañando la embestida de sus toros (y somos conscientes de que la estética no se encuentra entre sus virtudes); a ratos, en cambio, dejó muletazos buenos, con mando y por bajo. Un Guadiana. Fue, sin embargo, el mejor, con diferencia, de la terna. El confirmante Ángel Teruel confirmó lo que muchos sospechábamos: que tiene voluntad, pero no vale para torero. Y Castella firmó una tarde para el olvido: a pesar de sacar las bolitas menos afortunadas en el sorteo, a un matador de su rodaje no se le puede tolerar la tauromaquia despegada y brusca de la que hizo gala. Su banderillero, Javier Ambel, estuvo, en cambio, soberbio, cuadrando en la cara del toro como hacía tiempo que no se veía. Otro hombre de plata que merece una mención fue Joselito Gutiérrez.


El tatachín acabó a las diez en punto de la noche y con la luna creciente más que despuntada sobre el cielo isidril.

 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Falsificación de rosquillas


El 10 de mayo de 1950, Jacinto Benavente firmaba en el ABC una columna sobre las rosquillas de San Isidro: "Quizá de ninguna golosina pueda ofrecerse tanta variedad en sabor, tamaño y aspecto [...] Las llamadas del Santo son de tres clases: las tontas, las de Fuenlabrada o yema; y las de Villarejo de Salvanés, o de la Tía Javiera, que por rosquillas hizo famoso su nombre y el de su pueblo. Todavía se recuerda el anuncio: Yo, como la verdadera Tía Javiera, no tengo hijas ni sobrinas; porque eran muchas las que se anunciaban, cuando la Tía Javiera ya había muerto, como verdaderas sobrinas de la Tía Javiera.


Por haber sido mi padre médico titular de Villarejo de Salvanés y por ser de allí mi madre, he tenido cabal noticia de la verdadera Tía Javiera y de su descendencia. Cuando yo nací, ya no existía la Tía Javiera, que, en efecto, no había dejado hijas ni sobrinas, pero sí una sobrina segunda, que todos los años, por San Isidro, venía a Madrid y tenía su puesto con las más legítimas rosquillas de Villarejo y de la Tía Javiera. De niño, iba yo con mis padres a la Romería, en la víspera del Santo, y mis padres, que conocían a la vendedora, compraban en su puesto las rosquillas. No vestía de lugareña, como las de otros pueblos similares, vestía a lo señora de pueblo y llevaba al cuello un collar de aljófar de muchas vueltas. Hablaba con mis padres de sucesos y personas del pueblo y me obsequiaba con una rosquilla. Podía yo haberme olvidado de todo, pero no me he olvidado de la rosquilla; a la rosquilla van engarzados el recuerdo del collar de aljófar y del señoril agrado de la vendedora al departir con mis padres y celebrar mis ojos.


Las rosquillas especiales de Villarejo eran las de baño blanco, y la gracia de ellas estaba en que el baño no se cuarteaba ni se desprendía al partirlas. Su elaboración era muy esmerada. Sus componentes, harina, huevos y azúcar, habían de ser de la mejor calidad.


Hoy ignoro si se mantiene la elaboración en Villarejo, ni si vendrán todavía a venderlas en la Romería, ni si quedará alguna descendiente de la Tía Javiera [...] ¡Romería de San Isidro! Más de sesenta años hará que no he vuelto a ella. Entonces yo ni miraba, ni me daba cuenta de que allí cerca estaban tres cementerios. ¿Quién pensaba en la muerte? Hoy, de todo ello, sólo vería un cementerio, en el que descansan seres queridos, con los que yo fui tantas veces a la Romería a comprar rosquillas de Villarejo, las verdaderas rosquillas de la Tía Javiera".

Feliz día de San Isidro, gatos... porque gato no naces, te haces

martes, 14 de mayo de 2013

Venancio Blanco: las hendiduras de la Tauromaquia


Todos recordarán la estatua de Juan Belmonte que preside la plaza del Altozano. Esa efigie con inconfundible prognatismo mandibular y el corazón hueco que vive mirando a La Maestranza, con montera calada y capote de paseo al hombro, es obra del escultor salmantino Venancio Blanco. Desde hace más de treinta años, Triana contempla la orilla opuesta de Sevilla, la de La Giralda y su plaza de toros, a través del alma ausente de Belmonte. Y, a pesar de la algarabía procedente de los comercios de la calle San Jacinto, al pasar junto al Belmonte de Venancio Blanco, uno escucha el eco de pasos en Gómez Cardeña, el pesar de un jinete que ya no se acopla con su mejor caballo, el crujir de una garrocha y la detonación seca de un 8 de abril.  
 
 
Los huecos, el vacío y la ausencia, en la obra escultórica de Venancio Blanco, se encuentran, paradójicamente, colmados de matices y significado. Su maestría emana de la falta de materia: de la cavidad en el pecho de Belmonte, del cuello casi inexistente de un toro que imaginamos badanudo o de la oquedad en una silla de montar. ¿No sucede lo mismo en el toreo? ¿Qué es el temple, sino una frágil grieta entre el toro y el vuelo de la muleta donde, a través de ella, nos contemplamos a nosotros mismos y, a la vez, nuestra orilla opuesta, la de cada uno, diametralmente distinta a la del semejante? Las esculturas de Venancio Blanco se estructuran plano a plano, serie a serie, tanda a tanda, como los muletazos de una faena tan perfecta como incompleta.
 
 
Hasta el 15 de junio, en la Galería Modus Operandi de Madrid, junto a cuadros de artistas como Fernando Palacios o David Arnás, puede admirarse una decena de piezas del artista charro: picadores, elegantes matadores y toros altivos que demuestran su personalidad y maestría. Sólo un amante del toro bravo puede conocer, con tal perfección, cada articulación y gesto. Sus obras del tercio de varas son una exhibición de violencia, movimiento, fuerza y, por supuesto, de gracilidad. El arte de la superposición y del vacío. De una vitalidad irrefrenable. Venancio Blanco tiene hoy 90 años y sigue trabajando.
 
Apunte de Venancio Blanco firmado en 2012 (con 88 años en el esportón)