martes, 2 de agosto de 2016

Hilo de seda

Con hilo de seda, Curro Díaz bordó el toreo en una faena de las que quedan grabadas en la memoria bajo luz de oro; la luz de las tardes de Azpeitia cuando el sol despunta sobre el valle del Urola. Muñecas de goma para ligar, sin transición, el natural con el de pecho; la muleta hasta la hombrera contraria, en un movimiento eterno, excelso, pura clase de toreo macizo.

Los adornos y remates fueron bordados con las yemas de los dedos, las trincherillas y trincheras, un cambio de mano,  tan de Curro, tan sutiles, tan naturales, tan llenos. El desmayo en el corazón de Guipúzcoa, en una de las cumbres toristas.

Un toro de Pedraza de Yeltes, llamado "Sombreto", colorado, alto, huesudo y algo silleto, en el tipo de Aldeanueva, fue el que se encontró con la aguja fina de Curro. Toro también de clase, que embestía humillado ante la muleta poderosa del de Linares. Toro y torero habrían merecido coronar aquel recital con una estocada impecable, como las que suele propinar Curro Díaz, pero el fallo con los aceros desembocó en rendida vuelta al ruedo para el matador y ovación en el arrastre para Sombreto.

Curro Díaz necesitaba que creyeran en él y Joxin Iriarte, presidente de la Comisión Taurina de Azpeitia, lo hizo este invierno. Después vino la Puerta Grande de Madrid, la vuelta a las ferias y a la memoria del aficionado, que seguía esperándole. En agradecimiento, el de Linares vino a Guipúzcoa con una faena de hilo de seda. Imborrable.

domingo, 31 de julio de 2016

Brotó todo el agua, y el toreo

La tierra estaba seca.
No había ríos ni fuentes.
Y brotó de tus ojos
el agua, todo el agua.


Sucedió en Azpeitia donde, a las siete de la tarde, las nubes que se agarraban a la montaña de Izoarriz decidieron bajar hasta el valle del Urola, y allí, violentamente, abrieron sus ojos, y cayó el agua, todo el agua, sobre la placita centenaria, sobre los tejadillos, sobre los burladeros rojos, sobre los toros guapos de Ana Romero, sobre la tela de los capotes, sobre los trajes de luces. Hasta las monjitas de las Siervas de María cerraron las ventanas de la última planta del convento, desde donde habían visto la lidia del primer toro.

En Azpeitia, todo era agua y barro, y a pesar de ello, los tres matadores (Juan Bautista, Daniel Luque y Borja Jiménez) decidieron tirar para adelante y no suspender la corrida. Una magnífica corrida, por cierto, de Ana Romero: toros en tipo, que derrochaban nobleza, arrancándose al toque, y muriendo con la boca cerrada. Seis buenos toros que, en otras circunstancias (climatológicas) y rematados por arriba (las espadas también resbalaron como la lluvia) habrían permitido que la terna saliera a hombros.

La mejor faena llevó la firma de Bautista al cuarto santacoloma, de nombre "Malva". Bautista y el diluvio, otra vez, la eterna pareja. La suavidad en los toques, el temple, la muleta empapada arrastrada sobre los charcos, la elegancia y el clasicismo. En Azpeitia, el sábado por la tarde, a la hora del diluvio, no sólo brotó todo el agua. También el toreo.

martes, 12 de julio de 2016

Sacrificio a una religión pagana

Sabio aquél que sabe escapar pronto
allí donde la gloria no perdura.
Pues aunque pronto crece el laurel
mucho antes que la rosa se marchita.

La muerte es una vieja historia y, sin embargo, siempre resulta nueva para alguien [Ivan Turgueniev]; incluso para los que conviven con ella. Tras el funeral de Víctor Barrio, un amigo, un torero, me reconocía: "La frase de nos jugamos la vida es real pero, a veces, nosotros mismos no le damos importancia". A propósito de esta confesión, Stefan Zweig escribió que no bastaba con pensar en la muerte, sino que se debía tener siempre delante: "Entonces la vida se hace más solemne, más importante, más fecunda y alegre".


Después del fallecimiento de Paquirri, Yiyo, Manolo Montoliú o Soto Vargas, la muerte ha vuelto a visitar el ruedo para poner las cosas en su sitio. Todas las religiones a lo largo de los tiempos han exigido sacrificios a los dioses y, el toreo -que es una religión pagana- también cumple esta imposición universal. Es un mecanismo tan fácil como antiguo. Una cornada certera se lleva por delante, no sólo la vida de un hombre, sino, además, todo lo excesivo y dionisíaco que encierra la Fiesta.  

El toreo siempre ha sido una aventura en la que se puede perder la vida o ganar la gloria. No obstante, como ya apuntaba Antonio Díaz Cañabate en 1970: "Los riesgos de la profesión taurina, por los avances de la cirugía […], son mucho menores que los de antaño y por consecuencia la aureola heroica del torero ha empalidecido con pérdida de sus vivos fulgores". Y otra frase del mismo libro: "Una corrida de toros es un espectáculo cruel y, por lo tanto, serio y fuera de alegrías, aunque sólo sean superficiales y fugaces".


La súbita muerte de Víctor Barrio en la arena nos ha hecho reflexionar sobre el valor de la vida y, si tenemos fe, devolverá los fulgores a aquellos que se visten de luces y calmará la sed de los dioses por varias temporadas. La parca ha venido a ajustar un viejo reloj que iba perdiendo precisión... Y por las gradas ya sube Víctor con toda su muerte a cuestas. "Buscaba su hermoso cuerpo y encontró su sangre abierta".

Ante esa jóven cabeza laureada
contemplarán tu cuerpo inerte
y descubrirán entre los rizos de tu pelo
una guirnalda aún sin marchitar.

(Alfred E. Housman)

Fotos de Pablo Alonso

domingo, 10 de julio de 2016

Que la vida va en serio

"El toreo es el único arte que juega con la muerte" (Montherland)


Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde. Generalmente, demasiado tarde. "Como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante", que escribió el poeta; aunque, a veces, la vida, incluso siendo joven, puede llevarte por delante a ti. 

En mitad del jolgorio, de la vitalidad de las fiestas de San Fermín, la noche del 9 de julio, a las once, como de costumbre, sobre la ciudad sonó el estallido de los fuegos artificiales. En los bulevares, en los parques y en las explanadas, la gente se congregó para ver las luces. Nadie, o casi nadie, sabía que, pocas horas antes, un toro había matado a Víctor Barrio en la plaza de Teruel. La universalmente llamada "Fiesta del Toro" continuaba sin rastro de dolor o luto. Y nadie era culpable ni de la reciente desgracia ni de la irrefrenable alegría que desbordaba Pamplona. Nadie. Porque morir en el ruedo es una clausula ineludible en el oficio del torero.


La certeza de que todo puede cambiar demasiado deprisa, y de que hasta los bienes aparentemente más sólidos pueden agotarse o desaparecer, se adquiere la tarde en la que se descubre el significado de una corrida de toros. Es entonces cuando se comprende que la vida va en serio y que los días felices no son un maná celestial, como los fuegos artificiales en verano. Víctor Barrio moría en Teruel de una cornada en el pecho mientras en Pamplona otros toreros se jugaban la vida bajo los cánticos de las peñas. En una plaza, la moneda caía de cara; en la otra, de cruz. Y hasta que esa realidad no nos golpea, seguimos pensando que la muerte sólo es una dimensión más del teatro. "Sabemos que esto puede pasar pero, en el fondo, nunca esperamos que pase. La muerte nos sigue sorprendiendo, incluso vistiéndonos de torero", fueron las palabras anoche de un amigo.

Sin embargo, aunque nadie es responsable de la muerte de Víctor Barrio salvo el propio Víctor Barrio, aunque cada 9 de julio Pamplona reverbera con su San Fermín, la fría noticia de la muerte de un torero que venía a llevarse la vida por delante, resultó demasiado triste, demasiado descarnada. Y llorar, en mitad de la gente y la alegría de la fiesta, se volvió inevitable; lágrimas por él y por todos los toreros, por pena y por gratitud, porque ellos nos enseñan lo en serio que va la vida.

lunes, 6 de junio de 2016

Desde el corazón de las tinieblas

Este San Isidro queda resumido en dos imágenes llegadas, directamente, desde el corazón de las tinieblas: del retrato de un hombre que abraza, con la mano ensangrentada, a quien le ha salvado la vida, a la lucha desesperada de otro que pone todo su empeño y voluntad en sobrevivir, haciendo surgir la belleza y el orden de la fiereza y el caos. David Mora, después de cortar las dos orejas de "Malagueño" de Alcurrucén, con don Máximo García Padrós. Y Alberto Aguilar ante un toro decimonónico de Saltillo. "En el fondo de toda belleza habita algo inhumano". Lo escribió Camus y ambas fotos -una de Sánchez Olmedo y otra de Cruz- lo demuestran.


"Penetramos más y más espesamente en el corazón de las tinieblas. Allí había verdadera calma […] Si aquello significaba guerra, paz u oración es algo que no podría decir […] Nos podíamos ver a nosotros mismos como los primeros hombres tomando posesión de una herencia maldita" (Joseph Conrad).


Y es que, probablemente, la tauromaquia sea la última manifestación visible de una herencia maldita: el recordatorio de que mañana podemos amanecer rodeados de belleza o en el mismo corazón de las tinieblas. Esa inhumanidad consustancial a la Fiesta, alejada del triunfalismo, es la razón y justificación de su existencia, mucho más que mil faenas hermosísimas de Manzanares.


miércoles, 1 de junio de 2016

Sean cuales sean sus motivos

Borges escribió que el infierno y el paraíso le parecían desproporcionados: "los actos de los hombres no merecen tanto". A veces, sin embargo, por quiebros del destino, los hombres caminan hacia el infierno y en su mano está salir de él.


Ha transcurrido un día desde que terminara la corrida de Saltillo en Las Ventas y, en 24 horas, aún no he sido capaz de responder a una pregunta, una cuestión fundamental, la raíz de todo: ¿cómo, en la sociedad actual, quedan hombres dispuestos a jugarse la vida, a ir de cabeza al infierno, por una cuestión de honor? ¿Qué sentimiento movió a Sánchez Vara, Alberto Aguilar y José Carlos Venegas a seguir en el ruedo, a continuar hasta el final, hasta el último aliento, conscientes de que la ruleta de esa partida tenía todas las papeletas de caer en la casilla más negra de todas? ¿Quién apuesta hoy así, en un mundo donde prevalece la trampa y la ley del máximo rendimiento por el mínimo esfuerzo?  


Y qué decir de las cuadrillas, que también aceptaron ese juego siniestro de los Saltillos no por conquistar su propia gloria, sino, en el mejor de los casos, la de su matador. ¿Qué sentimiento les impulsa a llegar a tanto? ¿Es una cuestión de honra, de ambición, de avidez de triunfo, de necesidad material, de desafiar al miedo y al destino? En una sociedad acomodada y pudiente, en esta sociedad anestesiada de la Europa del siglo XXI, ¿cómo unos hombres jóvenes y sanos pueden seguir poniendo su vida sobre la ruleta del albero a la espera de saber si les espera el todo o la nada, de saber lo que les dará o quitará un toro bravo? Y cuando el azar les obliga a poner todo sobre el tapete, incluida la vida, ¿qué les hace seguir jugando y no abandonar la mesa para siempre?  


Son héroes y ejemplo para aquellos que intuimos la magnitud de su voluntad, pero ¿cuál es la fuente de su heroicidad? Después de ver a Sánchez Vara, a Aguilar, a Venegas y a sus respectivas cuadrillas en Las Ventas, de verles abandonar la plaza, milagrosamente, por su propio pie, sólo cuando hubo caído el sexto toro, cuando hubieron lidiado los seis a carta cabal, la cuestión de sus motivos me martillea la cabeza y estómago. Los actos de los hombres no merecen un infierno así. Ni tratándose de toreros. Gloria para ellos, sean cuales sean sus motivos.

Fotos: Juan Pelegrín

lunes, 30 de mayo de 2016

Alberto Aguilar ante el abismo

Y cinco días después de "Malagueño", volvió a salir un toro en Las Ventas. Y, de nuevo, tuvo delante a un torero. No hay más. No existe otra fórmula. Un hombre en soledad delante de un toro fiero. La receta más eficaz para que miles de personas vibren -aficionados o no- y para sellarle la boca a aquellos que pretenden prohibir este espectáculo.


Se llamaba "Camarín" y llevaba el hierro de Baltasar Iban, aunque en sus hechuras no había ni rastro de lo que fue Contreras. Fue más encastado que bravo. Con menos clase que "Malagueño" -el toro de Alcurrucén premiado con la vuelta al ruedo cinco días antes- pero más picante. Se arrancaba de lejos y en el caballo empujó metiendo los riñones. Dudo que hubiera aguantado un tercer puyazo, aunque el público deseaba que lo volvieran a llevar al peto. Con la lidia que le dieron, justa y medida, llegó a la muleta como un tren. Y el inicio de faena de Alberto Aguilar fue portentoso, poderoso, con gusto, por bajo. Ya de capa lo recibió impecablemente, clásico, sacándose por verónicas al toro hasta el tercio y cerrando con la media.


En la muleta, por momentos, "Camarín" y Aguilar estuvieron a la altura de "Bastonito" y Rincón, con el torero enfrontilado, dando espacio en el cite, y el de Iban galopando y humillando en el embroque. Emocionantes ambos. La inteligencia del hombre ante la casta incontrolada del animal. Eso es una faena de verdad. La que pone al personal de pie, sepa o no de toros.


Tremendo el mérito de Alberto con lo poco que toreó la pasada temporada. Y, a la hora de coger el estoque, se tiró a matar o morir. Espeluznante el pitonazo que le lanzó "Camarín" directo al pecho, pero la espada resultó fulminante y Aguilar cortó una oreja con todas las de la ley. Una "pelúa" con más valía que algunas faenas de dos porque, para estar delante de "Camarín", había que ser muy hombre y muy torero.


Decía William Burroughs que era necesario estar en el infierno para ver el cielo. Ya es hora de que toreros como Alberto Aguilar, o como Rincón en su día, vean al cielo... aunque para ello primero tengan que jugarse la piel ante un toro con el abismo encerrado en cada pitón, como sucedió con el gran "Camarín".

miércoles, 25 de mayo de 2016

La historia de un hombre de muchos senderos

"Ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie"
(Emily Dickinson)


Dejé de escribir el día en que me di cuenta de que había más escritores que lectores. Al abandonar el hábito de juntar unas letras al terminar la tarde de toros, creo que me volví más incrédula, incluso derrotista; pero tampoco sucedía nada que me animara a volver a escribir. Quizás fuera yo... o que en el ruedo no ocurría algo extraordinario. No sé si el problema era interno o externo, el caso es que la tinta se secaba desde comienzos de abril y la primavera transcurría sin que fuera capaz de firmar cinco líneas. Hasta que David regresó como el Ulises que se vio obligado a abandonar Ítaca. Lo escribió Cernuda:

¿Volver? Vuelva el que tenga,
tras largos años, tras un largo viaje,
cansancio del camino y la codicia 
de su tierra...


Ver a un hombre levantarse, volver tras un largo viaje, resurgir de la misma arena donde cayó, abrazar a quien le salvó la vida. La historia de David Mora está escrita con sangre, pero también con tinta, pues nunca de concibió una Odisea tan perfecta, tan bien tejida, tan épica. "Cuéntame, Musa, la historia de un hombre de muchos senderos, que anduvo errante muy mucho después de Troya sagrada asolar; vio muchas ciudades de hombres y conoció su talante, y dolores sufrió sin cuento tratando de asegurar la vida y el retorno... [...] Y el caso es que cuando transcurrieron los años y le llegó aquel en el que los dioses habían hilado que regresara a su casa de Ítaca, ni siquiera entonces estuvo libre de pruebas; ni cuando estuvo ya con los suyos". 


No sé qué Dios hiló el destino de David Mora, de la puerta de toriles a la enfermería, y después a la Puerta Grande, de la muerte a la vida, y del abismo a la gloria, ligando unas trincherillas que han hecho brotar un nudo de cada garganta. Sólo sé que una historia como la suya haría revivir al mismo Homero, porque una epopeya tan colosal, la de un hombre y un toro, no puede quedar sin alguien que la cante y escriba. 


Por supuesto, loas también al Dios (distinto del primero, porque el toreo es una religión pagana y politeísta) que puso en el camino de Mora a un extraordinario Alcurrucén llamado "Malagueño", porque una gesta así debe tener un toro, es decir, una última prueba, a la altura del héroe. 

Fotos: Juan Pelegrín

En La Odisea se hablaba de una "diosa de ojos brillantes": Atenea. Imposible asistir al regreso de David a Las Ventas sin brillo, o sin lágrimas, en la mirada. Imposible de olvidar. Y difícil de escribir.

Sigue, sigue adelante y no regreses,
fiel hasta el fin del camino y tu vida,
no eches de menos un destino más fácil,
tus pies sobre la tierra antes no hollada,
tus ojos frente a lo antes nunca visto.

jueves, 12 de mayo de 2016

Tiempo de silencio


Desde primeros de abril, este blog vive un "tiempo de silencio". Circunstancia no grave y absolutamente pasajera: la acumulación de ocio y negocio me ha impedido ponerlo al día. Pido disculpas a todos aquellos lectores que se han interasado por saber si me había tragado la tierra o si estaba metida en los Papeles de Panamá.

En el planeta de los toros, en este mes y pico hemos visto indultar a un Victorino de bandera en Sevilla, a Rafaelillo crujir La Maestranza, genialidades de Morante, una inspirada faena de Bautista sobre el barro de Las Ventas y otro gran toro de El Torero llamado "Ojibello"... Así, a vuelapluma. Ahora, me dispongo a hacer las maletas para Nîmes. Intentaré dar noticias desde el anfiteatro romano.

domingo, 3 de abril de 2016

El futuro de la Sevilla taurina

"Ladran, amigo Sancho, luego cabalgamos"


Sevilla fue taurina en el pasado, lo sigue siendo en el presente y continuará así en el futuro, a pesar de los ladridos de cien antitaurinos que exigen el fin de la Tauromaquia aprovechando el arranque de la Feria de Abril. Ni siquiera las arcas de las asociaciones ecologistas pueden borrar siglos de Historia de un plumazo. Sevilla es taurina desde que se puso toda amarilla, quebraíta de color, porque el río venía teñido con sangre de los Ortega... Y desde mucho antes, con su famoso matadero, forja de la tauromaquia a pie. Sevilla es responsable de genios como Juan Belmonte y Paco Camino; cuna de ganaderías bravas en la marisma y en la sierra, y vigía de La Maestranza. 


Bien es cierto que Sevilla a veces pierde el norte y cree haber encontrado a un nuevo Curro Romero en los toreros más insospechados, algunos con nombre de poetas del siglo XVI. O que se pega un chute de morantismo y se echa a dormir la siesta del fauno durante cinco días. Pero, pelillos a la mar, así es la rosa. Los antitaurinos tampoco entienden de esas cosas, tan sevillanas.


Y ahora -presente y futuro-, ojo con Sevilla, porque tiene un nuevo novillero que, éste sí, puede devolver las mieles a la afición de la Torre del Oro. Se llama Pablo Aguado y este domingo -mientras un puñado de aulladores clamaba frente al Palacio de San Telmo- ha debutado en Las Ventas, dejando una excelente impresión, de la que gusta a ambos lados de Despeñaperros: toreo clásico, puro, dando el pecho, cruzado y con desmayo al natural. La espada aún se le atraganta, pero tiempo al tiempo. De momento, ha dado una vuelta al ruedo en Madrid y, a buen seguro, la empresa ha apuntado su nombre para futuros carteles. A la espera de que suene el teléfono de sus apoderados, el 1 y 26 de mayo toreará en La Maestranza, para satisfacción de sus paisanos. Porque la Sevilla taurina tiene cuerda para rato. Tanta como manguera a Morante.

viernes, 18 de marzo de 2016

Vidas paralelas

"Pues las alegrías súbitas, como las penas, al principio desconciertan"
(Daniel Defoe)


Inverosímiles. Sorprendentes. Geniales. Talavante y Roca Rey llevan vidas paralelas. Desde el bombazo del extremeño durante una novillada en Las Ventas en el San Isidro de 2006, la fábrica de las figuras había cerrado sus puertas. Cada año, salían buenos toreros, pero no figuras. Talavante fue la última. Hasta que llegó Roca Rey. Otro ascenso meteórico. Nacido en Lima en 1996, toreó su primera novillada en Madrid el año pasado, de donde salió a hombros. No satisfecho con ello, abrió la Puerta del Príncipe de Sevilla en el festejo del Corpus Christi. Y en septiembre, tomó la alternativa en Nîmes, saliendo en volandas por la Puerta de los Cónsules.


Este jueves, por primera vez, el peruano ha compartido cartel con otro prodigio del toreo, su "antecesor" Alejandro Talavante. Gran acierto de la empresa de Valencia al acartelarlos juntos. A pesar del pésimo juego de los toros de Victoriano del Río, ambos diestros han dado un auténtico espectáculo, a veces inverosímil: de pie, de rodillas, de frente, por la espalda, con la pañosa desplegada, en cartucho, al volapié, recibiendo... Las leyes de la física se van al garete cuando estos dos agarran la muleta. Olviden lo que decía Belmonte: "es muy sencillo. Viene el toro, se quita usted. Que no se quita usted, lo quita el toro". Talavante y Roca Rey atropellan al toro, la lógica y lo pronosticable.


Si arman esto con moruchos, ¿qué pasará cuándo les salga un toro con casta y poder? El dueto volverá a repetirse en Madrid, para la confirmación de alternativa de Roca Rey, con Sebastián Castella como testigo y toros de Núñez del Cuvillo (13 de mayo). Dos días después, el 15 de mayo, de nuevo juntos, con Posada de Maravillas confirmando la alternativa y ganado de Juan Pedro Domecq. Si el arte debe tomar a la realidad por sorpresa, en ello están, Alejandro y Andrés. Vidas taurinas paralelas... e imprevisibles. ¡Qué buen ojo tuvieron Corbacho y Campuzano!

martes, 15 de marzo de 2016

Un buen torero, a pesar de llamarse Jonathan


Lo difícil que resulta llegar a ser un buen torero. No hablo de figuras ni leches, sino de hombres que saben su oficio, que resuelven con cualquier encaste y ganadería, que conocen los terrenos y las distancias, que bajan la mano cuando hay que bajarla, que templan cuando hay oportunidad, que miden las faenas y que se cruzan al pitón contrario. Algunos también son mañosos con el estoque. Entonces, capitán general.

Reconozco que, a menudo, prefiero ver a un buen torero antes que a una figura. Los primeros no son de "arte y pellizco", pero sí profesionales de las zapatillas a la castañeta. Ellos se adaptan al toro, al que salga por toriles, sea el que sea. Para hacer faena, no tienen que alinearse los planetas. Ellos están allí para resolver, toreando bien, con recursos y oficio. Rara vez dan una mala tarde.


Jonathan Sánchez, es decir, Juan del Álamo, es un buen torero. Lo mismo mata una "zalduendada" en Valencia que toda la camada de Pedraza de Yeltes. En las últimas siete veces que ha toreado en Las Ventas, ha cortado seis orejas. Y si la espada hubiera entrado a la primera, una Puerta Grande habría caído con todas las de la ley. Ante el toro, tiene la facilidad de los elegidos, como si ningún otro oficio se adaptara a su forma de ser. Sólo torero. Un buen torero; seco, sin florituras. Algunos llaman a esto "ser académico". Pues vale.

Del Álamo ha venido a Fallas dispuesto a cortar orejas por lo civil o por lo criminal. Y su lote de Zalduendo, de una sosería atroz, no le ha ayudado nada. Así que ha tirado de recursos para atacar -y poner un poco de sal- sin atacarse él, que no es fácil. Luego, ha medido el tiempo de ambas faenas y ha matado con solvencia. Si un académico hace esto, firmo por poblar el escalafón de académicos.

Parece mentira que hubiera gente que quisiera racanearle dos tardes este año en Madrid. Tras la salida a hombros de Valencia, espero con aún más ganas las corridas de Joselito (2 de mayo) y Pedraza de Yeltes (San Isidro) para volver a ver a este buen torero. Porque no abundan.